
Un día se topó por primera vez con un ser humano. Se trataba de una niña que recogía flores. Sus miradas se cruzaron y se quedaron prendados con miradas prendidas. Él corrió a esconderse tras una margarita mientras observaba los grandes ojos de aquella niña que, de pronto, estalló en una sonora carcajada al ver al asustado duendecillo. Ambos se fueron acercando el uno hacia el otro hasta que llegaron a estar tan juntos que se hablaron en susurros y se interrogaron sobre el trabajo que estaba realizando cada uno. Él le explicó que era el encargado de pintar de color el bosque, y ella le dijo que era la encargada de buscar flores para adornar el comedor de su casa. Entonces comprendieron que compartían un mismo destino: propiciar la alegría a través de su trabajo llenando de colores sus vidas y las de los que les rodeaban, y sellaron su amistad con un intercambio de regalos. El duende extrajo de su bolsa un puñado de vivos colores y los fue prendiendo en el pelo de la niña; ésta, a su vez, metió la cabeza dentro de la bolsa del duende y rio a pleno pulmón, después la cerró fuertemente para que no se escapase la risa.
Así fue cómo el duendecillo, cada vez que acudía la tristeza, acercaba su oreja puntiaguda a la bolsa que colgaba de su cinto y expandía una gran sonrisa. Mientras, por su lado, la niña giraba y giraba dentro de su casa, inundándola de color y colmando de alegría a su familia.
Hay alguien que dice haber visto a un duende y una niña cogidos de la mano contemplando el amanecer.
Regalar sonrisas... bonita tarea. Siempre recompensa, aunque uno llore por dentro.
ResponderEliminarBesitos
Te regalo un saco lleno de sonrisas.
ResponderEliminarBesitos sonrientes.