jueves, 14 de julio de 2011

La noche se hizo añicos

Aquella noche no quería dormir. Tumbada en la cama, sobre las sábanas, notaba cómo poco a poco se le iban helando las piernas desnudas. El caluroso día había dado paso a una noche gélida o, al menos, así la sentía. La ventana abierta dejaba entrar una brisa que hacía mover los visillos una y otra vez, como una danza fantasmagórica, con un ritmo desacompasado. Quizás buscara helarse toda. Comenzar por los pies, las piernas e ir subiendo por el vientre hasta que el pecho quedase completamente parado, sin convulsión, sin espasmo alguno, sin sollozo, quieto. Quizás buscase, realmente, helar el corazón que se había incendiado, prendido por recuerdos dolorosos.

No quería dormir. Pensaba que si pasaba una noche en vela sería como el duelo que se le ofrece a un difunto, y tras él, vendría la calma, enterraría los recuerdos de los que ahora no podía desprenderse. Pero las horas pasaban y sólo sentía frío, sin ninguna recompensa añadida, sólo frío...

De repente, todo estalló en mil pedazos: los cristales, la habitación, el cuerpo, la noche... el corazón mal herido quedó tirado en la cama sobre un charco de sangre. Aún latía cuando amaneció.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Roberto el topo


Roberto es un topo atípico. Vive junto a una tapia tapizada por hiedra verde que cubre una tapadera expuesta al sol y a la lluvia, oxidada por el tiempo y el abandono.

Roberto usa gafas de sol de espejo, y sale cada mañana de paseo, se sube a la tapia y otea el mundo que le rodea: un huerto al que nunca ha accedido. Cuenta los tomates de cada mata, analiza su estructura, los agrupa mentalmente, establece categorías... Así pasa el tiempo, colgado en sus pensamientos. Desde pequeño, las matemáticas fueron su pasión, agrupar las lombrices en su despensa era su juego favorito.

Roberto se muere de ganas por probar esos apetitosos tomates, pero aún recuerda los consejos que le daban cuando apenas era un diminuto ser, no debería traspasar la tapia si no quería ser exterminado.

Un día, que su vista se resentía y era incapaz de contar los tomates de la última mata, decidió traspasar la tapia, y nunca más se supo de él al otro lado. La tapadera que ocultaba su casa, quedó inmóvil para siempre. Quizás le atrapó la fascinación que supone alcanzar un sueño.

Procedencia de la imagen.

lunes, 9 de agosto de 2010

Un árbol desde la ventana


Aquel árbol le hablaba desde lejos y le invitaba a contarles secretos. Asomado, silencioso, a la ventana lo veía, majestuoso, llamarlo a voces los días en que el viento lo mecía implacable. Nunca se había fijado en él hasta aquel verano en que una enfermedad le obligaba a permanecer en cama. La casa de su abuela, donde pasaba siempre sus vacaciones escolares, estaba situada en una colina desde donde se divisaba el mar. Pero aquel árbol, ese verano, se había convertido en todo un enigma. Raúl deseaba estar curado para poder salir e ir a su encuentro y contarle innumerables historias.

Ocurrió que llegó el día en que por fin pudo salir a jugar, y lo primero que hizo fue visitar a su árbol. Lo que allí descubrió lo dejó perplejo: el árbol respiraba y cantaba con miles de sones diversos. Una multitud de pájaros anidaban en él y le conferían vida propia. Raúl lo miró sonriente, le habló -los silencios, si no se llenan de palabras, quedan en el limbo de los pensamientos-, y le dio las gracias por haberlo acompañado durante aquellos días de soledad.

martes, 27 de julio de 2010

Sofía y las vacas



Sofía despierta,
se mira, se arregla
y baja hasta el prado,
recoge las vacas
por si están dispersas
despacio, despacio
porque es muy lenta,
con pasitos cortos
se acerca, se aleja
-Sofía es muy lenta
porque ya está vieja-
mira a las vacas,
les habla en la oreja
les cuenta secretos,
secretos pequeños
de pequeña aldea.
Y mientras les habla
las vacas se dejan
que ordeñe sus ubres,
se quedan muy quietas,
curiosas las vacas
de chismes de viejas.
A la anochecida,
suben a la aldea.

miércoles, 30 de junio de 2010

Julito el ciempiés


Julito, primo hermano de Julio, es un ciempiés de colores con una gran sonrisa. Nunca pide nada, sólo da. Además de su sonrisa, da inmensos abrazos con sus cien pies, pero no de uno en uno, sino con todos a la vez. Esa es su razón de ser. Yo lo estrujo de cuando en cuando y hace que me sienta bien, muy bien.

Un día gris Julito se marchó de casa. Su nivel de abrazos había comenzado a bajar de forma alarmante y sentía que debía compartirlo con alguien que lo necesitase más que yo. Encontró a un niño llorando por sus notas escolares, a un anciano triste que leía cartas de amor, a un poeta que había perdido la inspiración, a una muchacha que echaba de menos a su hada madrina, a un trol desdichado... y se volvió loco repartiendo abrazos. Con cada abrazo que daba más y más feliz se sentía. Repartía alegría y confianza, la misma que yo había dejado de sentir desde que me abandonó.

Un día en que arrastraba mi pena por un parque cercano a mi domicilio, me encontré con Julito. Estaba en un estado lamentable. Su sonrisa se había desteñido. Lo que no habían conseguido las lágrimas lo logró la lluvia. Con su cara llena de churretes y su sonrisa infantil desteñida no había quien quisiera acercase. Así, triste y solo me lo encontré. Sin dudarlo lo cogí y me lo llevé a mi casa. Lo lavé, le pinté la sonrisa más luminosa que pude y cuando estuvo listo me fundí en un abrazo sin fin. No recuerdo cuánto tiempo duró, creo que me dormí abrazada a él.

Cuando nos separamos de aquel abrazo ambos nos habíamos recargado de una energía nueva, y supimos que nunca más nos separaríamos. Hoy Julito forma parte de mi familia y lo veo crecer día a día.

Gracias, amiga, por recordarme a Julito, cómo he podido olvidarme de él.
Perdóname, Julito.

sábado, 26 de junio de 2010

Julio

Julio era un gusano que vivía en una burbuja desde hacía algún tiempo.

Pasó que un día cayó al mar y vio su vida perdida sin remisión. En cuestión de segundos repasó todos los bellos momentos vividos en su manzana, hasta aquel fatídico día en que apareció en la arena de la playa. Un niño lo había arrojado con todas sus fuerzas, y de su casa ya no quedaba sino un resto de semilla. Había desaparecido su hermosa manzana, toda mordisqueada. Allí en la arena permaneció un tiempo hasta que la marea subió. Entonces, fue devorado por el mar.

En el momento de ser arrastrado por una ola, sopló fuerte y se formó una burbuja. Desde entonces, vivía allí dentro ocioso, ajeno a todo, viendo el mar como un lugar idílico, extraño para él, pero idílico, creyéndose invencible. Sin darse cuenta que un banco de peces se disputaría su almuerzo.

jueves, 24 de junio de 2010

Su comida preferida


Después de un buen baño, donde alternaron el agua caliente y fría, nos dejaron que nos secáramos. Nos embardunaron de aceite, para no resecarnos mucho, y nos entrelazamos, danzamos, nos amamos en una orgía aromática y un calor que nos subía por todo el cuerpo. A continuación, nos trasladaron a un lugar extraño, diáfano, donde nos fueron apretujando cada vez más, haciéndonos girar y obligándonos a soltarnos unos de otros. De repente, comenzaban a desaparecer pequeños grupos hasta que no quedó nadie.

Un niño feliz terminó de comerse su plato de espaguetis. Era su comida preferida, se la comía rápidamente sin rechistar, aunque le encantaba jugar un poco con su tenedor y no dejar nada en el plato.